DIA 9. CESKY KRUMLOV – PRAGA (175 Kms en tren)

Ayer nos dimos cuenta que al ritmo que llevábamos no ibamos a llegar a Cracovia a tiempo y no queríamos pasar agobios como en otros viajes, así que tomamos un tren entre Cesky Krumlov y Praga. Tanto en República Checa como en Eslovaquia y Polonia, no hay problema para llevar las bicicletas en el tren, al contrario que en España donde en los trenes de larga distancia es casi imposible y en los demás a veces también te ponen bastantes problemas. La única pega es que algunos trenes son bastante antiguos y los escalones para acceder al vagón estan hechos para gigantes. Al final perfeccionamos una técnica, quitábamos las alforjas, uno se subía al vagón y el otro le iba pasando, lo más rápido posible las bicicletas y las alforjas. En alguna ocasión pasamos bastante agobio porque las puertas se cerraban y temíamos que saliera el tren y nos dejara a uno en cada lado.

El tren no iba directo hasta Praga, debíamos parar diez minutos en Ceské Budejovice y enlazar con otro tren. En el primero fuimos de pie junto a las bicis y rodeados de los borrachos de las piraguas que, aún resacosos, volvían a casa tras un fin de semana mojados por dentro y por fuera. También nos llamó la atención encontrarnos con varias familias vestidas de camuflaje. Al parecer venían de cazar y daba un poco de yuyu ver hasta los niños pequeños con semejante vestimenta.

Llegamos a la estación de Ceské Budejovice y tomamos el tren que, en teoría, iba directo a Praga. Era muy moderno y casi sin estrenar, con un lugar para colgar las bicicletas y un compartimento muy cómodo para nosotros. Cuando ya creíamos que habíamos triunfado, llegó el revisor y nos dijo que la vía estaba de obras y que debíamos bajar en la estación de Tabor y desde allí nos recogerían en unos autobuses que nos llevarían al otro lado del tramo en obras donde tomaríamos otro tren hasta Praga. Todo esto ya es un lio sin bicis, así que imaginad el problema de ir cargados con las bicicletas, las alforjas y sin controlar el idioma. El viaje fue una odisea, era domingo y los trenes iban repletos de gente. Debíamos ir controlando las bicicletas, sobre todo para que no se cayeran, así que hicimos casi todo el viaje de pie sujetándolas. La verdad que echamos mucho de menos el pedalear este tramo y más después de ver los paisajes desde el tren.

Llegamos a la estación de Praga con la idea de ir hasta un camping que se encuentra a 18 kms de la ciudad. Pensábamos llegar hasta allí por un carril bici que va paralelo al río Moldava y te lleva hasta el mismo camping,  pero justo al salir a la calle comenzó a caer agua a cántaros. Esperamos un poco a ver si paraba de llover pero tuvimos que desistir y buscar un tren que nos llevara hasta Vrane nad Vltavou, el pueblo más cercano al camping. No fue fácil de encontrar nuestro destino entre tantos paneles, pero al final dimos como él.

Justo cuando llegamos al “Camping Matyas”, paró de llover. Allí conocimos el primer checo realmente amable, tan amable que acostumbrados a los demás ya nos pareció hasta empalagoso. La dueña ya era más del tipo carácter checo, aunque después de tres noches en el camping, ya le fuimos cogiendo el punto, incluso nos sonreía de vez en cuando. La primera impresión de los checos es que son bastante toscos en el trato y a veces hasta maleducados, pero una vez que toman un poco de confianza la cosa cambia. Llegamos a la conclusión de que muchas veces no saludan por timidez. Cuando pasas por zonas rurales la gente ni te mira y si lo hace es de reojo y sigue a su rollo, aquí no existe la vieja del visillo.

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