Queremos aventura y, sin duda, nada más salir de Barcelona, la tenemos.

El ferry que nos lleva hacia Porto Torres, en la isla de Cerdeña, se retrasa 2 horas y media así que ahora no toca embarcar a las 3:00 de la madrugada. El motivo principal del retraso es porque el mar Mediterráneo está revuelto, con ráfagas de viento especialmente fuertes en nuestra ruta, así que aprovechando el tiempo, decidimos cenar en casa y, pasada la medianoche, salimos pedaleando hacia el puerto.

Como vamos en bici debemos estar allí con al menos dos horas de antelación —aunque todavía no entendemos muy bien por qué—. La espera se alarga hasta las 4:30 de la madrugada, gran parte del tiempo en la calle. Lo curioso es que las bicicletas somos las últimas en entrar. Entonces… ¿por qué tanta prisa en llegar?

Mientras los pasajeros a pie duermen en camarotes o butacas, nosotras esperamos junto a Edurne —una profesora de música de Terrassa— y Beert, un alemán que lleva ya dos años recorriendo el mundo en bicicleta. Entre bromas, risas y ese compañerismo que nace en los viajes, hacemos la espera más llevadera. Al final, tras insistir un poco (y colarnos discretamente tras las motos), conseguimos embarcar.

El barco es enorme, con ascensor. Escaleras mecánicas y grandes salones pero lo que necesitamos es encontrar nuestra sala donde tenemos las butacas asignadas para poder descansar pues ya son casi las 5:00 de mañana. Caemos rendidas en unas butacas duras pero que nos permiten dormir algo.


Dormimos como podemos. Ya entrada la mañana, decidimos explorar el barco. El oleaje es intenso; caminar por los pasillos se convierte en un pequeño reto, balanceándonos de un lado a otro. 

Nos sentamos en uno de los restaurantes. Intentamos comprar algo, pero las tarjetas no funcionan, así que toca esperar. Improvisamos un pequeño picnic con fruta y unos palitos que nos dan como compensación por el retraso. Leemos un rato, dejando que el tiempo pase.

Después, volvemos a las butacas para descansar un poco más. A las 14:30 subimos de nuevo a cubierta para comer los bocadillos que traemos de casa. Más tarde nos reencontramos con Edurne y pasamos la tarde charlando; así, todo se hace más ligero. Además, nos dan cena gratis por el retraso y comemos pasta y hamburguesa junto con Beert y otro catalán que iba en moto.

A las 21:00 desembarcamos y con unos carteles improvisados en la mano, nos hacemos la gran pregunta: ¿alguien nos acercará hasta nuestro alojamiento? El plan inicial era llegar a las 13:30 y pedalear 45 km… pero de noche no lo vemos factible.


Y entonces, como suele pasar en los viajes, ocurre la magia.

En menos de lo que canta un gallo, nos subimos a la furgoneta de unos surfistas que se desvían casi 30 km para acercarnos hasta La Ciaccia, muy cerca de nuestro alojamiento. Les agradecemos el gesto como podemos, incluso insistiendo para que acepten el poco dinero que llevamos. No quieren, pero al final lo aceptan.

Ya en el hotel, hacemos el check-in y nos damos una ducha. No quedan muchas fuerzas: lo justo para cerrar los ojos y dejarnos caer en la cama.

Mañana empieza lo bueno.


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