Nos levantamos sin prisa y desayunamos un bollo casero que nos ha preparado la dueña de la casa, acompañado de un croissant y un buen vaso de leche.
Recogemos las cosas y hoy decidimos vestirnos de largo: culote largo y maillot de manga larga. Tenemos 30 km de bajada hasta Tortolì, así que añadimos chaqueta y guantes de invierno. Estamos listas para el descenso, con ese punto de emoción de quien sabe que hoy toca “dejarse caer”… o eso creemos.
El día parece despejado, con alguna nube negra que no nos preocupa demasiado. Estamos en medio de montañas y, como aprenderemos en breve, aquí el tiempo tiene bastante personalidad propia. A los cinco minutos empieza a lloviznar. Paramos a ponernos el impermeable sin imaginar lo que viene después: en cuestión de minutos, diluvio, ráfagas de viento bastante fuertes y, para rematar, granizo.
Durante varios kilómetros no encontramos dónde refugiarnos, así que no queda otra que seguir pedaleando bajo el “spa gratuito”. Habrán sido unos 15 minutos, pero se han hecho intensos. Después, como si nada, las nubes desaparecen, sale el sol y el viento, aunque sigue presente, sopla en su mayoría a favor. Sardegna en estado puro: salvaje, cambiante y con ese punto dramático que la hace inolvidable.

Pasamos pequeños pueblos y subimos un puerto que se nos hace sorprendentemente corto. Todo mejora cuando el viento empuja desde atrás: el sol nos seca, la carretera está prácticamente vacía y el asfalto parece recién puesto. Vamos, que por un momento nos sentimos casi profesionales…
Llegamos a San Vito a las 14:45 y nos dejan entrar en el apartamento. Una habitación sencilla pero perfecta: calefacción, cocina, nevera, cama y baño. Lo justo y necesario, que después de un día así se siente casi como lujo.
Tras la ducha, salimos a comer-merendar una crepe y un gofre de Nutella que estaban espectaculares (equilibrio nutricional, lo llaman). Luego vamos al súper a por la cena y el desayuno de mañana.
El día se ha vuelto más gris y el viento es bastante frío, así que no apetece mucho callejear. Volvemos al apartamento y, al rato, el dueño nos invita a su casa. Terminamos probando un queso delicioso vino tinto y una especie de salami, mientras intentamos defendernos en italiano entre risas.
Volvemos a la habitación, preparamos la cena y nos metemos en la cama a descansar.
La etapa de mañana no parece especialmente dura, aunque el viento podría tener algo que decir al respecto. Ya veremos que acaba pasando.
