¡Me voy! Cómo me gusta gritar esta frase.
Los días pasan, horas de trabajo, planificación y coordinación. Tiene que estar todo listo para el día. Qué ilusión poder emprender otra aventura ¿Qué pasará en esta? ¿Tendremos buen tiempo? ¿Habrá mucho desnivel? ¿Conoceremos gente nueva?…
Surgen muchas preguntas antes de empezar, cosa que nos impacienta aún más. Queremos que llegue el día exacto para poder salir a rodar. En casa, con tu familia o tus amigos/as, siempre recibes la misma respuesta: «¿otra vez?». Y tú, ilusionada, con unos ojos abiertos como platos, una sonrisa de oreja a oreja, afirmas. Y empiezas a explicar por dónde irás, cuantos kilómetros tienes pensado realizar, los días que te tomará, etc.
Al principio, antes de realizar mi primera ruta, la gente era la que hacía las preguntas. «Estás segura?, ¿Y si haces menos kilómetros?, ¿Por qué no te planteas una ruta más fácil? ¿Tantos días? ¿Y si llueve?…» Así y un sinfín de preguntas. Ahora, al decir que marchas, aunque tengas más ilusión que la primera vez, la gente se queda apacible y tú, ilusionada de querer contarlo todo, como si eso fuera lo único que te importara y, en cierto modo, es así.
Vivimos en un mundo y en una sociedad donde parece que lo único importante es trabajar de aquello que has estudiado, tener una vida muy estructurada, una pareja estable, dos hijos, trabajo, cenas semanales o mensuales con los amigos o familiares, compromisos… ¿Y las vacaciones? – En verano y en la playa.
Romper con los esquemas básicos, los estándares de la sociedad actual, comporta un problema. Entonces la rara eres tú. ¿Qué necesidad tienes de ir a sufrir en bicicleta? ¿Por qué no tomas unas vacaciones relajadas y descansando? ¿Madrugar en vacaciones y dormir en una tienda? O… ¿En serio vas a ir sola? ¿Por qué?…
Cansada de todas estas preguntas y de que la gente no te entienda, decides aventurarte. Al fin y al cabo, quien vive la experiencia, quien cumple sus propias metas, quien sale de los esquemas y cambia su día a día, eres tú… ¿No?
Sara Menéndez

